Todo empezó con una mesa. Una mesa de chapa en medio de un pabellón recién inaugurado, todavía vacío de todo salvo de rejas y paredes. Allí nos sentábamos Iván y yo, con un par de libros que habían llegado gracias a nuestras familias. Leíamos como si estuviéramos frente a un examen, inventando una especie de universidad que no existía.
De pronto, un tercero se nos acercó y lanzó la pregunta que cambió todo:
- Che, ¿nosotros también podemos estudiar?
Lo miré, y al mismo tiempo crucé los ojos con Iván. Supimos que esa pregunta no era solo de él, sino de muchos. La imagen era tan simple - dos internos leyendo en silencio - y, sin embargo, tan poderosa que despertó algo en el resto.
No teníamos aulas, ni docentes asignados, ni materiales suficientes. Lo único que nos sobraba era tiempo. Decidimos llenarlo de otra manera: inventando clases, armando horarios, improvisando un “pabellón escuela”.
Él traía la experiencia docente; yo, mis estudios en niñez y familia. Nos complementamos sin pensarlo. Así, entre los dos, fuimos abriendo camino.
Comenzamos con lo básico: pizarras improvisadas, carteles colgados con orgullo, y la ayuda inesperada del capellán, que trajo fibrones y hasta algunos libros. Con el correr de los días, lo que parecía un delirio empezó a tomar forma. Venían compañeros que apenas sabían leer, otros que querían terminar la primaria, algunos que se animaban al secundario. Todos encontraban un lugar.
Recuerdo el brillo en los ojos de uno de ellos cuando pudo leer en voz alta su primera frase entera. O la ansiedad de los muchachos que corrían a la reja cada vez que los docentes traían un cuadernillo corregido. Era raro ver ese entusiasmo: por lo general uno corre a la reja por noticias judiciales, casi siempre malas. Esta vez, corrían para recibir conocimiento.
No fue fácil. Desde las autoridades llegaron respuestas duras: “los internos no pueden impulsar un proyecto”, “ustedes no pueden ser formadores”. Había quienes no sabían cómo encuadrarnos, como si estudiar siendo preso fuera un acto demasiado ambicioso. Pero seguimos. Redactamos el proyecto con estadísticas, objetivos y planificación, para demostrar que no era un capricho, sino un derecho.
De a poco, los prejuicios fueron cediendo. Los docentes empezaron a acercarse y trabajar con nosotros. Un día entraron unos trabajadores de Derechos Humanos y se sorprendieron al vernos enseñar en pleno pabellón. Nos pidieron permiso para sacar fotos. Fue extraño: por primera vez no nos retrataban como “presos”, sino como estudiantes y tutores.
Los logros se multiplicaron. Noventa compañeros pudieron promover sus estudios. Hubo quienes aprendieron a leer y escribir desde cero. Otros terminaron la secundaria después de años de abandono escolar. Y lo más importante: se transformó el clima del pabellón. Donde antes había violencia, apareció la convivencia. Donde antes había desesperanza, nació la palabra futuro.
El cierre de ciclo fue inolvidable. Ver a los compañeros recibir certificados, algunos llorando porque hacía años que no podían contar algo lindo a sus familias, fue una de esas escenas que se graban en el alma. Había un orgullo silencioso en cada gesto: habían vuelto a creer en ellos mismos. Y yo también me sentí con orgullo de vernos en esta aventura, sosteniendo juntos ese sueño que al principio parecía imposible.
Claro que no todo fue reconocimiento. Nunca nos dieron un certificado oficial como formadores. Para las instituciones, seguíamos siendo solo internos. Pero sabemos que ese “pabellón escuela” existió y dejó una marca imposible de borrar.
Hoy escribo estas líneas desde otro penal. El proyecto ya no sigue, pero vive en cada recuerdo, en cada compañero que aprendió a juntar letras, en cada sonrisa que se abrió al recibir un cuadernillo corregido. Vive también en la amistad y en la confianza que construimos con Iván, porque entendí que los proyectos más grandes no se hacen en soledad: siempre hay alguien que camina al lado, empujando contigo.
Y aunque afuera nunca figure en un acta oficial, yo lo tengo claro: ese fue nuestro acto de libertad.
A veces, en medio del encierro, surgen proyectos capaces de abrir ventanas donde solo hay muros. Este relato es la memoria viva de una experiencia compartida con mi compañero: el intento de transformar un pabellón en una escuela y de sembrar esperanza a través del estudio.
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