Este blog nació de una angustia que me acompaña todos los días. En el camino hubo pérdidas, muchas, pero también hubo aprendizajes y algo que se sostuvo con fuerza: la paternidad sigue siendo uno de los pilares de mi vida, aunque no pueda ejercerla del modo en que quisiera. Ser papá de tres hijos, por fuera de la idea de una “familia tipo”, es una experiencia compleja. Siempre soñé con esa familia que yo no tuve. Mi padre se fue cuando era chico y reapareció muchos años después, solo para pedirme perdón poco antes de morir. Se lo di, pero la relación nunca pudo reconstruirse. Hay ausencias que llegan tarde y se vuelven definitivas.
Esa ausencia paterna me marcó profundamente. Es, quizá, una de las heridas que más me duelen. Me enoja no poder cumplir hoy con el rol de padre que siento que me corresponde, aun sabiendo que cuando estuve presente tampoco fui perfecto. Sé que esas imperfecciones también atraviesan mis vínculos actuales, más aún en este contexto tan adverso. Sin embargo, sigo intentándolo, incluso desde acá. Recuerdo una vez que mi psicóloga, observando las historias de mis hijos, dijo que no había una figura paterna clara en sus vidas. Esa frase me golpeó fuerte. Yo siempre quise ocupar ese lugar, no para repetir mi historia, sino para ser distinto. No me fui porque quise, pero no estoy, y eso pesa.
Aunque no soy un ausente total, a veces me siento como si lo fuera. Y aun así, sé que la figura paterna no se reduce solo a la presencia física: también es simbólica. Freud habló del padre como representante de la ley y Lacan profundizó en cómo, incluso en su ausencia, el padre es fundamental en la constitución del sujeto. Para mí, el padre es eso que da estructura, orden y, paradójicamente, también marca la falta. Dicen que “los pingos se miden afuera”, pero me resisto a creer que mi cambio no tenga valor solo porque no me ven. Algo tiene que pasar.
Puedo escuchar a mis hijos más grandes, pero con mi hija pequeña solo puedo fantasear cómo va creciendo. Pienso mucho en ella. Me la imagino cambiando, creciendo, quizá sin saber todo lo que intenté y sigo intentando. A veces imagino que su madre guarda las cartas que le escribo en una caja, esperando el día en que mi hija pregunte por su papá. No sé si esas cartas llegan o no, pero ese pensamiento me acompaña. También me pregunto qué pasa con los regalos de cada cumpleaños, del Día de las Infancias o de Navidad. Tal vez algún día, cuando salga, ella decida verme y se sorprenda al descubrir sus fotos colgadas en mi pared, registros de cómo fue creciendo. Tal vez me mire como en esas películas donde el padre ya no está y la hija descubre, al final, que siempre fue amada. Suena dramático, lo sé, pero son imágenes que habitan mi mente. Tengo miedo, muchos miedos, y aun así los abrazo.
Hijos, lo sigo intentando y lo estoy haciendo bien. Porque algo bueno tiene que pasar. Porque sigo estando. Acá estoy. Y nunca me fui.
29/01/2026
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