Una experiencia que todavía sigo procesando, contada desde el encierro.
En el marco del Taller de Sistematización de Experiencias de Organización Estudiantil en Contextos de Privación de Libertad, me tocó vivir algo que todavía sigo procesando. No fue solamente una actividad académica más, sino un momento donde pude reconocer, una vez más, cómo la educación logra abrir espacios incluso donde las puertas suelen cerrarse.
Hace unos días participamos del III Encuentro de Estudiantes Universitarios en Contextos de Encierro, dentro del VIII EITICE (Encuentro Internacional de Tesistas e Investigadores en Temáticas de Cárceles y Acceso a Derechos Educativos), esta vez realizado en Porto Alegre, Brasil de manera virtual. Hoy nos entregaron el certificado de participación, y no puedo evitar sentir que detrás de ese documento hay mucho más que tres horas de un encuentro, hay años de espera activa, de sostenerme, de intentar estudiar en tensión constante, de avanzar incluso cuando todo alrededor parece diseñado para que uno no avance.
Durante el encuentro me tocó responder una pregunta que, a primera vista, parecía simple: ¿Qué hacen y qué podrían hacer las universidades en contextos de encierro? Sin embargo, responder desde donde estamos no es nunca simple. Lo primero que nos surgió es que hablar desde la cárcel siempre tiene un matiz de cuidado, un temor latente a perder lo poco conquistado. Cada palabra, incluso en un espacio académico, pasa por una especie de filtro interno: el de no exponerse demasiado, el de no generar tensiones innecesarias, el de no correr riesgos que otros no ven.
Pero aun así, hablé con esa voz autorizada por mis compañeros, y expresamos lo que realmente sentimos.
La universidad no es sólo un lugar académico: es una forma de respirar, una posibilidad de sostener un horizonte, un ejercicio cotidiano de dignidad. Contamos también que toda oportunidad educativa está atravesada por obstáculos que desde afuera no siempre se dimensionan: la espera de evaluaciones de conducta, la gestión permanente, la burocracia del Estado, los prejuicios de algunos profesionales y del personal penitenciario, e incluso los comentarios desalentadores de algunos compañeros, que repiten la idea de que “acá adentro estudiar no sirve para nada”.
Aun así, también reconocimos algo fundamental: los equipos universitarios que llegan a la cárcel sostienen algo que nos sostiene a nosotros. No sólo gestionan papeles: acompañan procesos, multiplican posibilidades, acercan herramientas, escuchan, empujan, confían; y esa presencia humana, más que institucional, es lo que permite que la universidad realmente exista en este contexto.
El encuentro también nos hizo ver algo más: que no todo depende de lo que la universidad trae hacia la cárcel, sino también de lo que nosotros, desde acá, podemos irradiar hacia la universidad. Nuestras experiencias, nuestras preguntas, nuestras voces son parte del tejido universitario, aunque a veces cueste sentirlo, y creemos que ese ida y vuelta es lo que realmente puede transformar. La universidad no es sólo una institución que entra, sino también un espacio que se deja atravesar por lo que ocurre detrás de los muros.
Escuchando a los compañeros en otras provincias y otros países, descubrimos experiencias autogestivas, espacios de escritura, foros y encuentros virtuales que logran achicar distancias y romper algunos de los muchos candados simbólicos que cargamos. Eso nos dejó ver que no estamos solos, que hay un movimiento estudiantil en contextos de encierro que crece, discute, piensa, propone.
En medio de todo esto, llevamos a la mesa las palabras de un compañero que sigue intentando acceder a la universidad y sintetiza ese sentir colectivo:
“La universidad es una institución preponderante en la sociedad y sus funcionarios deben asumir su rol de agentes de cambio. Estar en la cárcel no debería aislarnos de los ideales que fundamentan a la universidad pública, democrática y laica. Su tarea es acercar y promover la educación superior como herramienta transformadora de la realidad”.
Todo lo que vamos viviendo es la prueba de que, aun acá, seguimos insistiendo. Seguimos estudiando, pensando, organizándonos, diciendo. Seguimos existiendo como estudiantes, como sujetos, como parte activa de una universidad que también se transforma cuando escucha las voces que vienen desde adentro.
A seguir apostando por transformar y ser transformado, incluso desde el lugar donde menos se espera.