Volver a esos momentos en los que escribir no es solo un acto sino una necesidad de reconocerse, de poner en palabras lo que el encierro y la distancia no permiten mostrar; donde la angustia vuelve a moverse en el pecho, canalizándose en lágrimas contenidas, ocultas, como un secreto que no se puede revelar, como si uno debiera ser siempre fuerte incluso cuando lo único que late es la vulnerabilidad.
Recuerdo aquel almuerzo en soledad. Nadie pasó a mi lado, nadie pidió permiso ni dijo “provecho”. La quietud de ese instante y su silencio fueron espejo de mis emociones. Me sentía extraño al sentirme bien, raro al reconocer calma y paz, porque en el momento en que logro percibir mi avance, mis logros, mis pequeñas victorias, surge un torbellino, la conciencia de que la felicidad también trae consigo la sombra de la distancia, la ausencia y el deseo no satisfecho.
Sentirme pleno, llenado por la comida, por los esfuerzos de quienes me aman y por la certeza de que avanzo, activa al mismo tiempo un nudo de emociones. La presencia de mi madre y su lucha constante, la memoria de mis hijos y lo que los extraño, mis hermanos y sus batallas cotidianas, y mi pareja, esa presencia que tranquiliza y que lucha por encontrarse conmigo en cada visita tierna. La satisfacción se entrelaza con la angustia, es el precio de amar, el precio de reconocerse en la falta, en el Otro que nos completa y nos distancia.
En este juego entre plenitud y ausencia, entre alegría y nostalgia, reconozco algo fundamental: que los tengo a todos y aun en la distancia me completan. No hay necesidad de resolver, solo de escribir, de dejar que el flujo de recuerdos, emociones y deseos encuentre un lugar. Así lo viví, así lo vivo, un instante suspendido entre lo que soy, lo que siento y lo que anhelo, entre la memoria que recuerda y la escritura que libera.
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