Y con eso alcanzó.
Hay algo que todavía intento entender.
No desde la bronca, que aparece, sino desde otro lugar.
Ese donde uno vuelve sobre lo que pasó y se pregunta, sin ruido:
¿en qué momento alcanza con no poder descartar algo para terminar afirmándolo?
Pericia que dijo:
no poder afirmar, ni tampoco descartar.
Y sin embargo, alguien decidió que eso era suficiente.
Los hechos, dicen, ocurrieron entre y entre.
Sin fechas. Sin horarios. Sin precisión.
Un margen tan amplio que se vuelve imposible de habitar,
pero suficiente para ser juzgado.
Yo intenté ubicarme ahí.
En ese tiempo difuso.
Pero no alcanza con no estar registrado.
A veces tampoco alcanza con no haber estado.
Hay una escena que nunca ocurrió en un tribunal:
la de poder preguntar.
No estuvo en el juicio.
No hubo cruce.
No hubo repregunta.
No hubo ese momento donde la palabra se encuentra con otra palabra.
Quedó lo dicho. Sin atravesar.
Y eso también alcanzó.
Hubo miradas distintas sobre el mismo relato.
Una dijo que había consistencia.
Otra dijo que no encontraba indicadores de veracidad.
Las dos existieron.
Pero no pesaron lo mismo.
Y ahí aparece otra pregunta:
¿cómo se decide qué mirar y qué no?
No escribo esto para convencer.
Ni para discutir con quien ya tiene una certeza.
Escribo porque hay algo que no cierra.
Y cuando algo no cierra, al menos merece ser mirado de nuevo.
Sin apuro.
Sin etiquetas previas.
Sin la necesidad de confirmar lo que ya se cree.
No hay una prueba que diga “esto pasó”.
Tampoco hay una que diga “esto no pasó”.
Hay palabras, verdades, una única verdad.
Pero en el medio, una condena sostenida.
Sigo estudiando.
Sigo escribiendo.
Sigo tratando de sostener vínculos desde donde puedo.
No como forma de demostrar nada.
Sino como forma de no desaparecer.
No pido que me crean.
Pero sí que, al menos por un momento, alguien pueda leer esto y pensar:
esto habría que mirarlo bien.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario