Gracias a tanta terapia puedo llegar a entenderme… o al menos creo que puedo. Encontré la forma de dar un buen uso a ese espacio donde puedo hablarme.
Muchas veces olvido que hay otra persona frente a mí. Hablo, me escucho, repregunto, indago en lo profundo y me respondo; todo un monólogo. Pagaría por verme en ese espectáculo.
Pasa el tiempo, me analizo en cada etapa de la terapia y puedo conocer a quien me acompaña y me acompañó desde que llegué, desde que me ubicaron bajo esas anchas paredes.
Estoy siempre angustiado; tendré que buscar la definición clara de ese sentir, pero la angustia siempre está conmigo, sosteniendo mi mano.
El psicólogo me dijo una vez: “No estoy para trabajar contigo, Daniel, sino con tu angustia”.
¿Y qué debo hacer? ¿Cómo debo hacerlo?
Muchos planteos en terapia pude responderlos, y por eso hoy decidí transcribir mis pensamientos para sentirme un poco más aliviado. Encontrar la escritura como terapia no es novedoso, pero puedo decir que es sano.
Todo esto siempre me costó porque nunca tuve ese hábito. Nunca fui bueno con la literatura y, en la escuela, solía usar estrategias para aparentar interés: “Una historia bastante interesante…”, decía.
En mi formación académica, siempre escuchaba con atención al docente, tomaba nota y con eso rendía; y no me iba mal.
Pero sobre escribir… ni hablar, pésimo.
Aun así, encontré una pequeña habilidad que, aunque pueda ser criticada, elijo usar para apoyarme en esas letras como un airbag, para que el dolor sea un poco más leve.
¿Y cómo descubrí que el conjunto de letras podía ser un apósito para mis heridas?
El encierro de los primeros días, como “adaptación” a un espacio tan pequeño, sin más que un inodoro y un lavamanos, te achica completamente el universo. La puerta cerrada las 24 horas del día, la ventana con sus mallas de hierro que oscurecen más que iluminan, deja pocas opciones.
Recurrir a la lectura de lo que encuentres y conseguir un papel con una birome es mucho. Qué mejor lugar para aprender a golpes este juego de lectura y escritura.
Llegué a entender cómo hacerlo: no importa el orden, la estructura ni cómo decirlo, sólo debo plasmar lo que mi cabeza piensa. Pensamientos que van y vienen, que se entrelazan y a veces nada tienen que ver con nada; pero no hay que ocultar nada.
Muchas veces olvido que hay otra persona frente a mí. Hablo, me escucho, repregunto, indago en lo profundo y me respondo; todo un monólogo. Pagaría por verme en ese espectáculo.
Pasa el tiempo, me analizo en cada etapa de la terapia y puedo conocer a quien me acompaña y me acompañó desde que llegué, desde que me ubicaron bajo esas anchas paredes.
Estoy siempre angustiado; tendré que buscar la definición clara de ese sentir, pero la angustia siempre está conmigo, sosteniendo mi mano.
El psicólogo me dijo una vez: “No estoy para trabajar contigo, Daniel, sino con tu angustia”.
¿Y qué debo hacer? ¿Cómo debo hacerlo?
Muchos planteos en terapia pude responderlos, y por eso hoy decidí transcribir mis pensamientos para sentirme un poco más aliviado. Encontrar la escritura como terapia no es novedoso, pero puedo decir que es sano.
Todo esto siempre me costó porque nunca tuve ese hábito. Nunca fui bueno con la literatura y, en la escuela, solía usar estrategias para aparentar interés: “Una historia bastante interesante…”, decía.
En mi formación académica, siempre escuchaba con atención al docente, tomaba nota y con eso rendía; y no me iba mal.
Pero sobre escribir… ni hablar, pésimo.
Aun así, encontré una pequeña habilidad que, aunque pueda ser criticada, elijo usar para apoyarme en esas letras como un airbag, para que el dolor sea un poco más leve.
¿Y cómo descubrí que el conjunto de letras podía ser un apósito para mis heridas?
El encierro de los primeros días, como “adaptación” a un espacio tan pequeño, sin más que un inodoro y un lavamanos, te achica completamente el universo. La puerta cerrada las 24 horas del día, la ventana con sus mallas de hierro que oscurecen más que iluminan, deja pocas opciones.
Recurrir a la lectura de lo que encuentres y conseguir un papel con una birome es mucho. Qué mejor lugar para aprender a golpes este juego de lectura y escritura.
Llegué a entender cómo hacerlo: no importa el orden, la estructura ni cómo decirlo, sólo debo plasmar lo que mi cabeza piensa. Pensamientos que van y vienen, que se entrelazan y a veces nada tienen que ver con nada; pero no hay que ocultar nada.
Mi mano diestra sólo se mueve al compás de la melodía de mi sentir.
1º año de condena
No hay comentarios.:
Publicar un comentario