viernes, 28 de noviembre de 2025

Carta a mi hermano Iván, a mi hermano Troubless

Un compañero del pabellón, después de leer algunos de mis escritos, me preguntó por qué nunca había escrito nada sobre mi hermano, y la verdad es que no supe qué decirle. Nunca me había surgido la idea de escribirte o de hablar de vos. Esa pregunta quedó dando vueltas en mi cabeza y, para no perderme en esa ida y vuelta mental tan mía, preferí sentarme ahora, acá, a escribirte mientras pienso.

Me acordé de un día de visita: esa ronda de espera interminable donde cada uno se acomoda como puede —algunos bien vestidos tomando mates y fumando, otros sin remera para no ensuciarla mientras preparan esas frituras rápidas en grasa—, las rosquitas azucaradas y las tortas fritas que dan la bienvenida a quienes nos sostienen cada semana.

Ahí pensé en vos, en que fuiste nominado a los Premios Rosario Edita – Canción del País, en la categoría HIP-HOP / RAP / TRAP, por “Troubless – DJ Secio – Magik”… Mirá cómo te meto merchandising gratuito en este escrito, hermano.

Ese comentario despertó curiosidad en el pabellón. Algo nuevo, extraño. De repente todos querían escuchar tu música. Sonaron tus canciones ahí adentro y cada uno opinaba, valoraba; hasta se fijaban en las reproducciones y las vistas.

Y claro, aparecieron preguntas, no todas agradables:
—“¿Habla de la cárcel?”
—“¿Habla de vos?”
—“¿Habla de tu causa?”

Preguntas dichas desde un tono despectivo, como queriendo recordarme lo feo, lo oscuro, lo que la sociedad prefiere esconder. Como si uno no pudiera ser nombrado por un familiar por el solo hecho de estar detenido. Como si debiera quedar guardado en esa caja de residuos foucaultianos donde depositan lo penal.

Es duro recordar que ese mote queda para siempre, incluso cuando uno busca transformarse. Acá todo se nombra con ese “RE” que pesa: reinserción, rehabilitación, reincorporación… y tantas más. Aunque digan que todos estamos en la misma bolsa, igual surgen críticas, prejuicios y sacadas de mano hirientes entre nosotros. Es el sistema disciplinario funcionando, desubjetivizándonos a todos por igual. Hay tanta angustia, desesperación, tanta vida rota, que cuesta ver a otro feliz. A veces es más fácil bajarlo de la nube.

Aun así, entre todo ese panorama deprimente, hay algo que brilla. Eso que uno tiene que animarse a ver para poder transformarse.

Y ahí volvió la pregunta: ¿por qué nunca escribiste sobre tu hermano?
Y acá estoy, escribiéndote con ganas reales de decirte cosas que siempre sentí pero nunca puse en palabras.

Es verdad que cuando vos crecías, yo estaba formando mi propia familia. Esa diferencia de edad se nota: no crecimos juntos. Cada uno tuvo su lucha dentro de la misma casa.

Eso explica por qué no sigo tanto tu estilo musical. Estoy más viejito, me cuesta rapear como las nuevas generaciones, pero eso no cambia lo esencial: te quiero, te extraño, te amo. Me gustaría estar en cada show y acompañarte con un outfit hiphopero de esos bien lookeados.

Nunca tomé dimensión de tu camino hasta que vi el documental de los Goldenboyz (GBZ). Ahí te vi bien, completo. ¡Qué groso que sos, hermano! Mi chiste negro es que los dos somos famosos.

Sé que estás creciendo. Sé que estás haciendo tu camino con todo lo que eso implica y me llena de orgullo. Lo digo sin vueltas, sin dobles mensajes: lo que hacés tiene valor, tiene potencia.

Claro que tengo mis emociones, como cualquiera: esa mezcla rara entre orgullo, nostalgia y la sensación inevitable de estar lejos. Escribo porque quería decirte lo que nunca dije, y porque sé que muchos que leen también guardan palabras parecidas para sus propios hermanos, esos vínculos que a veces se tensan, se alejan, se transforman, pero siguen ahí.

Gracias.

Te abraza… tu hermano.

martes, 25 de noviembre de 2025

En el umbral de mí mismo: quien fui y quien estoy siendo

Hoy, como hace mucho tiempo, vuelvo a tener ganas de escribir. Quizás porque no me encuentro bien… o directamente porque no me encuentro.

Hay días en los que siento que no me conformo con nada, pero también sé que estoy en un lugar donde no quiero estar, y todo lo oscuro de este contexto cae sobre mí. Esa oscuridad acelera mi mente, me llena de ansiedad y me hace pensar tanto que a veces quisiera llorar o gritar, como si el cuerpo buscara decir lo que no me animo a mostrar, pero me detengo: tengo miedo de verme débil, o un loco; completamente vulnerable.

En esto noto esa tensión interna que Freud describiría como el conflicto entre lo que deseo y lo que la realidad me deja hacer. Una lucha entre lo que siento, lo que callo, y lo que me atraviesa. Está esa voz interna que me juzga, que me exige ser fuerte aun cuando todo es tan difícil por dentro, pero al mismo tiempo, y acá aparece lo que me sorprende, estoy viviendo días de felicidad. Junto a la sombra aparece también una luz que no esperaba volver a ver. Jung diría que en mí conviven fuerzas opuestas: la parte oscura que insiste y la parte luminosa que todavía busca sentido, y es cierto: me están pasando cosas hermosas que pensé que ya no eran para mí.

No me quedé estancado. Avanzo, crezco, aprendo y creo día a día.
Mis hijos crecen sanos y acompañados, cumpliendo metas que me llenan de orgullo.
Mi madre, firme en sus propias luchas, sigue viniendo con amor cada semana.
Mi pareja, una mujer muy bella en todos los sentidos que me acompaña con amor, cuidado y respeto.

Ellos sostienen lo mejor de mí, siendo el motor, el deseo que me empuja a seguir, recordándome que no estoy sólo en este encierro, que sigo existiendo en la mirada y en el amor de los otros.

Hay mucho para agradecer, hay tranquilidad posible, hay amor que me fortalece más de lo que digo, y aun así, dentro mío sigue esta dicotomía: soledad, amor, ansiedad, miedo; todas conviviendo, son partes de mí, fuerzas que tironean para distintas direcciones. Quiero llegar a todo eso que me espera afuera, quiero abrazarlo, quiero devolver lo que recibo.

Pero tal vez, y acá vuelvo a Jung, estoy en un momento liminal, un umbral entre quien fui y quien estoy empezando a ser. Una transformación que ocurre incluso en esta espera, incluso acá adentro.

Escribir es la manera de sostenerme, de reconocer que no estoy perdido... estoy en camino.

miércoles, 5 de noviembre de 2025

Un cuento donde el eco aprende a quedarse

Nadie sabe en qué momento una voz puede volverse refugio.
Él lo descubrió sin proponérselo, cuando del otro lado de la línea alguien lo escuchó sin miedo. No era una conversación distinta a otras, pero había en esa voz algo que lo desarmaba: una atención limpia, una curiosidad sin juicio.

Con el tiempo, las palabras se volvieron un hábito.
Ella escribía cada día, buscando sostenerlo con la ternura de lo posible.
Él respondía desde su encierro, entre el ruido metálico y el silencio denso de los pasillos.
Las cartas no eran promesas: eran fragmentos de existencia lanzados al aire, pequeñas pruebas de que todavía había un otro esperando recibir.

No hablaban de amor, al menos no al principio.
Hablaban de sueños, de psicología, de Jung y la sombra.
Él intentaba entenderse; ella lo acompañaba a mirar lo que dolía sin huir.
En ese intercambio nació una forma nueva de vínculo: uno que no necesitaba de la piel para ser real.

A veces, ella le contaba cómo el afuera también podía ser una cárcel:
las prisiones invisibles de la rutina, del miedo, del mandato.
Él le hablaba del tiempo detenido, del conteo de horas, de la mente como único territorio libre.
En ese espejo compartido se reconocieron: dos personas distintas aprendiendo a habitar su propia sombra.

Cuando por fin se vieron, el mundo se detuvo un instante.
No hubo lágrimas ni dramatismo. Solo silencio.
El tipo de silencio que no pesa, sino que revela.
Ella lo miró como si ya lo conociera de antes.
Él entendió que, por primera vez en años, alguien lo veía más allá del todo.

Desde entonces, las visitas se convirtieron en un rito.
Ella cruzaba puertas, controles, esperas, llevando consigo una certeza: que la ternura también puede ser una forma de resistencia.
Él se preparaba con ansiedad serena, sabiendo que en esas pocas horas encontraba un sentido que el encierro no podía quitarle.

No buscaban redención.
Solo verdad.
Y la encontraron en lo simple: en hablar sin máscaras, en callar sin miedo, en saberse humanos incluso dentro del dolor.

El amor, si así se puede llamar, no llegó para salvarlos, sino para acompañarlos a mirar lo que cada uno evitaba.
Ella comprendió que la libertad no siempre está en las calles.
Él entendió que no todo lo que duele es castigo.

Con el tiempo, las palabras siguieron viajando.
No para llenar el vacío, sino para recordarse que, incluso entre muros, la voz puede ser un puente.

Porque al final, eso aprendieron los dos:
que amar no es prometer un después,
sino sostener el presente sin que el miedo lo apague.
Y que, a veces, la distancia enseña lo que la cercanía no puede:
que aun en los límites más duros,
la humanidad sigue encontrando su eco.

Alcanzó para condenar

No empezó con una prueba. Ni con una certeza. Empezó con un relato. Y con eso alcanzó. Hay algo que todavía intento entender. No desde la...