jueves, 30 de octubre de 2025

El monstruo que me asignan

“Todo lo que me irrita de los demás puede conducirme a un entendimiento de mí mismo. Aquello que llamamos monstruo no es otra cosa que la sombra que nos niegan, la parte de nosotros que la sociedad teme y proyecta fuera de sí. No hay criatura más temida que la que refleja aquello que no queremos ver en nosotros mismos.”
-Carl Gustav Jung

A veces siento que me obligan a cargar un monstruo. No el que hiere con intención, ni el que inventa historias, sino el que otros dibujan sobre mí con miradas que juzgan, con voces que señalan y con silencios que condenan. Un monstruo que la vida me obligó a mostrar. Se asoma en cada lágrima por lo perdido, en cada grito ahogado detrás de un muro de cemento, en cada instante donde el recuerdo duele más que el presente.
Ella me conoció en mis tiempos de lucha, cuando creía en el mundo y en la fuerza de nuestros actos. Me vio fuerte y frágil, compañero y vulnerable. Estuvo conmigo en los días de juicio, en las visitas carcelarias -clandestinas para muchos- y en esa espera que se hacía infinita por su incertidumbre... hasta que la condena firme llegó y cambió todo. Sus ojos, que antes confiaban, empezaron a vacilar, sus palabras se apagaron y, en su silencio, se levantó un muro que aún no supe derribar. Lloraba, era pesado con mi angustia, y en ese dolor nos fuimos alejando sin querer; yo la fui alejando.
A veces me miro como ese monstruo que otros ven: un ser que duele, que falla, que se muestra incompleto y perdido. Pero este monstruo también ama a sus hijos, cuida a quienes lo acompañan, sigue estudiando y busca sobrevivir con dignidad. Este monstruo es humano, con miedo y con esperanza.
En la cárcel aprendí que el monstruo y la luz conviven. La causalidad no es castigo, sino consecuencia: cada acto deja huella, cada pensamiento abre un camino. Entre barrotes y paredes grises, descubrí que puedo ser responsable de mis días, que puedo elegir aprender, crear, acompañar y amar, aun cuando el mundo me mire con desconfianza.
Respetando el presente y comprendiendo el pasado, en una sesión le dije a mi psicóloga: “Ella me dejó porque me hizo un monstruo.” Desde entonces, empecé a mirar distinto esa palabra. Por causalidad, o quizás por destino, llegó a mis manos "Le Cucó. Antología", del taller de escritura Patas de Cabra, coordinado por Maia Morosano en la Facultad Libre de Rosario. Ese libro me abrió un espacio para escribir, para reconocerme, para entender al monstruo.

Mis hijos, mi madre, mi hermana, mi hermano y la pareja que hoy me acompaña son faros que iluminan la oscuridad. Son las manos que sostienen cuando el monstruo quiere devorar la esperanza. Ellos me muestran que ser monstruo no significa estar deshumanizado: incluso en la fragilidad hay posibilidad de encuentro, cuidado y transformación.
El monstruo que soy y el que otros creen ver no son incompatibles. La vida me obliga a mostrarlo, pero también me permite entenderlo y nombrarlo. Y aunque ella se haya alejado, y su percepción me haya marcado con palabras duras, puedo aceptar que su dolor es suyo y que mi monstruo también tiene derecho a existir y a aprender.
Cada noche, en sueños, hablo con este monstruo. Le digo que no todo lo que se muestra es verdad, que no todo lo que se siente es eterno, que la esperanza puede brotar entre las grietas del miedo. El monstruo aprende que la sombra es parte de la luz, que la distancia no siempre significa abandono, que el tiempo y la memoria tienen un lenguaje propio.
No justifico nada y no intento convencer. Solo escribo para mostrarme, para no desaparecer en el silencio; para que el monstruo que soy y el que me muestran también pueda ser el que aprende, reflexiona y sigue. Tal vez algún día, si el tiempo y las palabras lo permiten, ese monstruo pueda encontrarse con la mirada que lo vio primero y ser comprendido más allá del miedo, la condena y el tiempo.
Y mientras tanto, escribo, porque de esta manera abrazo lo que soy, enfrentando al monstruo con conciencia, sosteniendo la esperanza de que, aun en lo perdido, existe la posibilidad de encuentro, de reconocimiento y de vida.
Que el monstruo no sea solo aquello que otros temen ver, sino también la voz que ilumina la sombra, que reconoce la fragilidad y encuentra la fuerza en su humanidad.

No hay comentarios.:

Publicar un comentario

Alcanzó para condenar

No empezó con una prueba. Ni con una certeza. Empezó con un relato. Y con eso alcanzó. Hay algo que todavía intento entender. No desde la...