Pensarse es seguir.
No huir del encierro, sino mirarlo de frente
y usarlo como espejo para entender quién se es.
Atipakuy no pide perdón: se reconoce.
Sabe que incluso en la quietud hay caminos,
y que el pensamiento también es movimiento.
En la piel llevo la palabra,
como una herida que no sangra,
sino que recuerda.
Un tatuaje que no adorna:
marca el paso por la vida,
la prueba, el dolor, la fuerza que quedó después.
Porque de las heridas nacen formas nuevas de respirar,
de mirar, de sentir.
Y seguir... no solo por mí,
sino por esas bellas presencias
que me piensan desde lejos
y me empujan a no soltarme.
Atipakuy es eso:
la victoria serena de quien se levanta desde adentro,
con la piel marcada
y el espíritu despierto.
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