Del calor.
De proyectos, ahorros, encuentros y análisis que nos interpelan.
Discutimos quién exagera más, si vos o yo.
Aparece Jung. Aparece Freud.
Con risas y pequeños reproches hacemos equilibrio entre dos maneras distintas de entender el mundo.
La conversación avanza como cualquier otra:
palabras que van y vienen,
silencios breves,
alguna ironía suave que afloja la tensión.
Nada parece salirse del guion.
Todo es cotidiano, casi previsible.
Y entonces, sin anuncio, sin transición,
de la nada: te amo.
No cambia el tema.
No se arma una escena.
Simplemente aparece.
Como si debajo de todo lo que estamos diciendo hubiera otra conversación más honda, más verdadera, que encuentra una grieta y se filtra.
Seguimos hablando.
Volvemos a lo práctico, a lo pendiente, a lo que se proyecta.
Pero en algún momento, entre una idea y la siguiente, vuelve a suceder.
Sin dramatismo, casi en voz baja: te extraño.
No es interrupción.
No es desorden.
Es lo que sostiene todo lo demás.
Porque debajo de cada palabra que intercambiamos corre algo que no discute ni argumenta, algo que no necesita teoría para existir.