jueves, 18 de diciembre de 2025

Entre requisas y diplomas

El lunes 15 iba a ser un día especial: colación, graduación, entrega de diplomas… desde la cárcel. Pero comenzó mucho antes de lo esperado, y de una manera que nadie podría prever. El intentaba que su ropa blanca estuviera presentable. Sin planchas, la colgaba en sillas y sobre la cama, buscando que no se arrugara. Tres días de cuidado, para que todo estuviera listo para ese lunes.

A las 6 am, antes de que pudiera organizarse, irrumpieron al grito de "todos al piso". Gritos, cascos, escudos… la requisa imponiendo su fuerza. Esa fuerza diseñada para controlar, adiestrar y asustar. Quiso que todo fuera un sueño; solo pudo dar un giro en la cama, caer al suelo y seguir instrucciones como en la canción de Piñón Fijo: piernas cruzadas, manos en la nuca, mirando al piso.

Los esposaron. Esta vez, con un “detalle” humorístico según la jerga carcelaria: los engrillaron cruzados. Una mano derecha apretada hasta el límite, entrecruzada con la de su compañero. Los sacaron al patio, algunos en boxer, él en short de fútbol y descalzo. No había tiempo para vestirse de gala; no había tiempo para nada.

Los sentaron, cruzaron los pies “como chinitos”. Si alguien parecía cómodo, lo corregían; lo hacían sufrir con posturas extrañas. Luego los envolvieron con frazadas, como muebles viejos, ocultos de la sociedad. “Agradezcan, otros tienen frío”, decían. Un perverso juego de control disfrazado de cuidado. Aun así, esa frazada les dio un extraño sentido de protección.

El miedo ya no existía allí. Solo un enojo contenido, un frío que calaba los huesos y una tensión que atravesaba cada músculo. Callaban para que la violencia no cayera sobre todos por boca de uno solo.

Creyeron que venían los golpes, un traslado, un allanamiento. Pero no. Solo fue una requisa. No la normal: revolvieron sus pertenencias, tiraron todo al suelo, buscando el exceso que no existía, para mostrarse, para recordarnos quién tiene el poder. Un acto que excede lo protocolar, un “acompañar a la sociedad” que duele porque está de más.

Después de todo, su remera blanca estaba arrugada, atrapada entre el desorden de sus cosas. La encontró, la sostuvo y preguntó a su compañero: “¿La graduación, se hará?”.

Sí. Se hizo.

Lo llevaron a otro patio: sillas alineadas, bandera argentina, una gran mesa, certificados que volaban con la brisa y había que pegarlos con cinta. Autoridades penitenciarias impecables, equipos interdisciplinarios, docentes… y el rector de la universidad Bartolacci, quien sorprendió a todos. Nunca se creyó que algo así pudiera suceder.

Todos recibieron sus diplomas de Asistentes en RRHH de la escuela de oficios de la UNR. Mensajes de familias emocionadas, apretones de manos, abrazos. Discursos recordando que la educación es libertad, que lo que venían haciendo tenía un valor que trasciende los barrotes.

Un testigo silencioso desde un rincón del pabellón observaba cada detalle: el cuidado de la ropa, la sorpresa de la requisa, la emoción contenida y liberada. Fotos no hay, pero los recuerdos quedan: diplomas en mano, saludo del rector, en el patio de una cárcel. Todo tan surrealista, que parecía demencial. Los mismos actores, viviendo dos realidades distintas en el mismo día: un ave y un gusano a la vez.

La fortaleza estaba en no perderse, en no dejar que la reja golpeara el alma. Reír de lo malo, aunque doliera, y reír de la alegría de los logros que le ganan a cualquier sistema punitivo, a cualquier estado disciplinador. Lloró de emoción, de felicidad. Logró mucho, y fue por él, por su familia.

Estaba bien. Lo hice, le decía a la madre, y seguirá haciéndolo.

(Desde un rincón, un testigo silencioso)

martes, 9 de diciembre de 2025

Universidad pública: presencia, ausencias y luchas detrás de los muros


Una experiencia que todavía sigo procesando, contada desde el encierro.

En el marco del Taller de Sistematización de Experiencias de Organización Estudiantil en Contextos de Privación de Libertad, me tocó vivir algo que todavía sigo procesando. No fue solamente una actividad académica más, sino un momento donde pude reconocer, una vez más, cómo la educación logra abrir espacios incluso donde las puertas suelen cerrarse.

Hace unos días participamos del III Encuentro de Estudiantes Universitarios en Contextos de Encierro, dentro del VIII EITICE (Encuentro Internacional de Tesistas e Investigadores en Temáticas de Cárceles y Acceso a Derechos Educativos), esta vez realizado en Porto Alegre, Brasil de manera virtual. Hoy nos entregaron el certificado de participación, y no puedo evitar sentir que detrás de ese documento hay mucho más que tres horas de un encuentro, hay años de espera activa, de sostenerme, de intentar estudiar en tensión constante, de avanzar incluso cuando todo alrededor parece diseñado para que uno no avance.

Durante el encuentro me tocó responder una pregunta que, a primera vista, parecía simple: ¿Qué hacen y qué podrían hacer las universidades en contextos de encierro? Sin embargo, responder desde donde estamos no es nunca simple. Lo primero que nos surgió es que hablar desde la cárcel siempre tiene un matiz de cuidado, un temor latente a perder lo poco conquistado. Cada palabra, incluso en un espacio académico, pasa por una especie de filtro interno: el de no exponerse demasiado, el de no generar tensiones innecesarias, el de no correr riesgos que otros no ven.

Pero aun así, hablé con esa voz autorizada por mis compañeros, y expresamos lo que realmente sentimos.

La universidad no es sólo un lugar académico: es una forma de respirar, una posibilidad de sostener un horizonte, un ejercicio cotidiano de dignidad. Contamos también que toda oportunidad educativa está atravesada por obstáculos que desde afuera no siempre se dimensionan: la espera de evaluaciones de conducta, la gestión permanente, la burocracia del Estado, los prejuicios de algunos profesionales y del personal penitenciario, e incluso los comentarios desalentadores de algunos compañeros, que repiten la idea de que “acá adentro estudiar no sirve para nada”.

Aun así, también reconocimos algo fundamental: los equipos universitarios que llegan a la cárcel sostienen algo que nos sostiene a nosotros. No sólo gestionan papeles: acompañan procesos, multiplican posibilidades, acercan herramientas, escuchan, empujan, confían; y esa presencia humana, más que institucional, es lo que permite que la universidad realmente exista en este contexto.

El encuentro también nos hizo ver algo más: que no todo depende de lo que la universidad trae hacia la cárcel, sino también de lo que nosotros, desde acá, podemos irradiar hacia la universidad. Nuestras experiencias, nuestras preguntas, nuestras voces son parte del tejido universitario, aunque a veces cueste sentirlo, y creemos que ese ida y vuelta es lo que realmente puede transformar. La universidad no es sólo una institución que entra, sino también un espacio que se deja atravesar por lo que ocurre detrás de los muros.

Escuchando a los compañeros en otras provincias y otros países, descubrimos experiencias autogestivas, espacios de escritura, foros y encuentros virtuales que logran achicar distancias y romper algunos de los muchos candados simbólicos que cargamos. Eso nos dejó ver que no estamos solos, que hay un movimiento estudiantil en contextos de encierro que crece, discute, piensa, propone.

En medio de todo esto, llevamos a la mesa las palabras de un compañero que sigue intentando acceder a la universidad y sintetiza ese sentir colectivo:

“La universidad es una institución preponderante en la sociedad y sus funcionarios deben asumir su rol de agentes de cambio. Estar en la cárcel no debería aislarnos de los ideales que fundamentan a la universidad pública, democrática y laica. Su tarea es acercar y promover la educación superior como herramienta transformadora de la realidad”.

Todo lo que vamos viviendo es la prueba de que, aun acá, seguimos insistiendo. Seguimos estudiando, pensando, organizándonos, diciendo. Seguimos existiendo como estudiantes, como sujetos, como parte activa de una universidad que también se transforma cuando escucha las voces que vienen desde adentro.

A seguir apostando por transformar y ser transformado, incluso desde el lugar donde menos se espera.

Alcanzó para condenar

No empezó con una prueba. Ni con una certeza. Empezó con un relato. Y con eso alcanzó. Hay algo que todavía intento entender. No desde la...