A las 6 am, antes de que pudiera organizarse, irrumpieron al grito de "todos al piso". Gritos, cascos, escudos… la requisa imponiendo su fuerza. Esa fuerza diseñada para controlar, adiestrar y asustar. Quiso que todo fuera un sueño; solo pudo dar un giro en la cama, caer al suelo y seguir instrucciones como en la canción de Piñón Fijo: piernas cruzadas, manos en la nuca, mirando al piso.
Los esposaron. Esta vez, con un “detalle” humorístico según la jerga carcelaria: los engrillaron cruzados. Una mano derecha apretada hasta el límite, entrecruzada con la de su compañero. Los sacaron al patio, algunos en boxer, él en short de fútbol y descalzo. No había tiempo para vestirse de gala; no había tiempo para nada.
Los sentaron, cruzaron los pies “como chinitos”. Si alguien parecía cómodo, lo corregían; lo hacían sufrir con posturas extrañas. Luego los envolvieron con frazadas, como muebles viejos, ocultos de la sociedad. “Agradezcan, otros tienen frío”, decían. Un perverso juego de control disfrazado de cuidado. Aun así, esa frazada les dio un extraño sentido de protección.
El miedo ya no existía allí. Solo un enojo contenido, un frío que calaba los huesos y una tensión que atravesaba cada músculo. Callaban para que la violencia no cayera sobre todos por boca de uno solo.
Creyeron que venían los golpes, un traslado, un allanamiento. Pero no. Solo fue una requisa. No la normal: revolvieron sus pertenencias, tiraron todo al suelo, buscando el exceso que no existía, para mostrarse, para recordarnos quién tiene el poder. Un acto que excede lo protocolar, un “acompañar a la sociedad” que duele porque está de más.
Después de todo, su remera blanca estaba arrugada, atrapada entre el desorden de sus cosas. La encontró, la sostuvo y preguntó a su compañero: “¿La graduación, se hará?”.
Sí. Se hizo.
Lo llevaron a otro patio: sillas alineadas, bandera argentina, una gran mesa, certificados que volaban con la brisa y había que pegarlos con cinta. Autoridades penitenciarias impecables, equipos interdisciplinarios, docentes… y el rector de la universidad Bartolacci, quien sorprendió a todos. Nunca se creyó que algo así pudiera suceder.Todos recibieron sus diplomas de Asistentes en RRHH de la escuela de oficios de la UNR. Mensajes de familias emocionadas, apretones de manos, abrazos. Discursos recordando que la educación es libertad, que lo que venían haciendo tenía un valor que trasciende los barrotes.
Un testigo silencioso desde un rincón del pabellón observaba cada detalle: el cuidado de la ropa, la sorpresa de la requisa, la emoción contenida y liberada. Fotos no hay, pero los recuerdos quedan: diplomas en mano, saludo del rector, en el patio de una cárcel. Todo tan surrealista, que parecía demencial. Los mismos actores, viviendo dos realidades distintas en el mismo día: un ave y un gusano a la vez.
La fortaleza estaba en no perderse, en no dejar que la reja golpeara el alma. Reír de lo malo, aunque doliera, y reír de la alegría de los logros que le ganan a cualquier sistema punitivo, a cualquier estado disciplinador. Lloró de emoción, de felicidad. Logró mucho, y fue por él, por su familia.
Estaba bien. Lo hice, le decía a la madre, y seguirá haciéndolo.
(Desde un rincón, un testigo silencioso)